El cambio climático es hoy la principal problemática de la humanidad. El sistema económico mundial no tiene respuesta 100% efectiva ante el calentamiento global causado principalmente por el uso intensivo de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas) que originan los gases de efecto invernadero, siendo el dióxido de carbono su principal componente…

Vale mencionar que el estado actual del clima establece el riesgo y la incertidumbre que se avecinan a fines del siglo XXI si la temperatura media planetaria supera los 2 grados centígrados respecto a la existente en la era preindustrial, o sea hace 200 años. A la fecha ya ha aumentado poco más de 1°.
Por otra parte, el crecimiento económico mundial entre países y al interior de los mismos se traduce en un aumento creciente de la desigualdad. Justamente, el 80% del cambio climático como resultado del aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero es producto del consumo (realmente excesivo) de una minoría de la población mundial que no supera el 30%. Deja que pensar, ¿no?
Pero más allá de desalentar el uso de combustibles fósiles y el impulso a las energías alternativas, compete profundizar el estudio de las condiciones sociales que posibilitan las emisiones de gases de efecto invernadero en demasía y que calientan el Planeta. No sólo es un problema de sobrepoblación mundial sino de sobreconsumo inequitativo. Además que tiene un principal costo ambiental y el crecimiento económico tiene límites en un planeta limitado. Y quién sabe por cuánto tiempo más.

Encontramos que la acumulación de riqueza, requisito para la desigualdad económica, se sustentó y se sustenta en un consumo desigual de los recursos naturales y que causa a su vez el calentamiento global. Pero si en vez de mirar hacia el pasado miramos hacia el futuro, lo único que vemos es que la enorme desigualdad económica incrementa la vulnerabilidad de nuestras sociedades para adaptarse a los cambios climáticos debidos al calentamiento global. Paradójicamente, las poblaciones que mayor exposición tienen, sus condiciones de vida son alteradas y a su vez son las que menos riqueza monetaria poseen para compensar los daños causados en sus cultivos, viviendas, sistemas hídricos, etc. Qué irónico, ¿no?
Frenar y adaptarse al calentamiento global requiere transformar la organización social y la desigual distribución de los recursos del ser humano, es decir lograr un mundo con un reparto más equitativo de la riqueza y los recursos (¿utopía de la vida?). Luchar contra el calentamiento global no es sólo por evitar la extinción de los osos polares, sino por conseguir también un mundo en el que 1.000 millones de personas dejen de pasar hambre. Y eso requiere que distribuyamos nuestros conocimientos, tecnología y recursos de manera más justa y solidaria entre todos los seres humanos.
